Los libros de Poldy Bird



EL SAQUITO ROTO
de Poldy Bird

Se llamaba María Isabel, pero le decían Nacha, no sabía por qué, y tampoco le importaba. Como tampoco le importaba que los chicos del caserío le gritaran "Nacha-cucaracha" o el almacenero le pidiera la plata antes de darle la botella de vino. Lo único que verdaderamente le importaba era salir de la casilla de madera y chapa, tan oscura, tan húmeda, con esa sola ventanita demasiado alta que le impedía mirar hacia afuera. Salir de la casilla y buscar piedras redondas y flores amarillas en el yuyal junto a las vías del ferrocarril.
Allí estaba enterrado Panchito, el caracol: "¡Sacá esa inmundicia de aquí!" le había gritado la abuela cuando ella lo puso sobre la mesa, y su padre de un manotazo lo dejó triturado, tan lindo que era con sus cuernitos mojados y su casa lisa, como de cáscara de huevo. Casi todos los días Nacha ponía las flores silvestres sobre la diminuta tumba marcada con una madera. Después se iba a mirar cómo trabajaban los hombres que construían el puente que uniría su ciudad con otra ciudad, para eliminar la barrera. Los hombres tenían cascos amarillos y brazos musculosos, almorzaban asado, y muchos mediodías le daban un pedazo de carne sobre un trozo de pan.
-Tomá, para que te terminen de crecer los dientes y no parezcas una vieja desdentada- bromeaban.
Y Nacha se reía, se reía, encogiendo sus hombritos flacos. Como garuaba, se puso el saquito roto, no fuera a ser que se le arruinara el pulóver que le había dejado la visitadora social. Siempre le había quedado grande y, aunque hacía tiempo que lo tenía, todavía le llegaba hasta el borde de la pollera. Un chalequito gris con agujeros en los codos y manchas que no salían a pesar de los fregados. Se limpió los mocos con una manga y salió, escabulléndose de la abuela, que mateaba mientras sus ojos, distraídos, perseguían un sueño o quizá nada. En los charcos formados durante la noche se mojó las zapatillas. Sintió un escalofrío en todo el cuerpo, el mismo escalofrío que la sacudía cuando regresaba de su vagabundeo y estaba su madre esperándola con los brazos en jarras y los ojos furiosos.
-¡Mocosa callejera! ¡En vez de quedarse para ayudar a la abuela! ¡Y mírese la pinta, roñosa! ¡Me mato trabajando para que sea gente y lo único que sabe es escaparse! En cinco casas lavé y planché hoy. Cinco casas... para que el vago de su padre se lo tome en tinto y la vaga de mi hija ande por ahí como un perro perdido. Yo, a los siete años, prendía el fuego, cocinaba, bombeaba el agua, cuidaba a mis hermanos más chicos. Y ahí nomás le llovían los golpes en las mejillas, en la cabeza, en el traste.
-Hasta que me canse y me mande a mudar. Porquerías todos. La abuela se la sacaba de las manos "¡Basta, basta, te ensañas con la chica!"
-Es que estoy cansada..., tan cansada... Esta vaga..., igualita que el padre.
-Tené paciencia, la Nacha no es mala... Hace cosas de chicos...

-El Juan no tiene suerte, ya va a encontrar algún trabajo en firme...
- Yo te entiendo, claro que te entiendo... Si no tuviera las piernas enfermas te ayudaría, pero qué se le va a hacer.
Nacha se paró junto a las vías. Los trenes pasaban despacito por la cuestión del puente. A veces se quedaban parados un rato allí y ella miraba las caras de la gente a través de los vidrios de las ventanillas. Casi nadie reparaba en su presencia. Pero esa mañana sí, una señorita muy linda se asomó, le hizo señas y le tendió un billete.

-Tomá, para que te compres caramelos.
Un hombre de corbata, un poco más atrás, le alcanzó unas monedas. Nacha se puso a caminar a lo largo del vagón y muchos otros le entregaron dinero. Era la primera vez que le ocurría. Qué buena gente pensó. Cuando el tren echó a andar y se perdió a lo lejos, Nacha reía, saltaba en dos pies, en un pie, daba vueltas como una marioneta. Apretó las monedas y los billetes en sus manitas amoratadas por el frío y corrió hasta su casilla.
-Mirá, abuela, me lo dieron en el tren... Mirá...-seguía riendo, mojada, desdentada, mientras se quitaba las zapatillas y la abuela contaba el tesoro.
-Trescientos pesos, Nacha ¡Qué bien!
-Otras veces paró el tren y no dieron nada ...¿vos pediste?
-No, no pedí. Miré nomás.
-Vení para acá. Dejame ver..., dejame ver...
-Pero claro, si es ese saquito, el saquito roto. Desde mañana te lo vas a poner todos los días y te vas a quedar junto a la vía esperando que pare algún tren. Mirálos bien a los de adentro, ¿sabés?, y si no sueltan nada, vos estirá la mano para que se den cuenta. ¿Entendiste? Así tu madre se pone contenta y no dice más que somos una carga. Así tu madre... se pone contenta... y no te pega más... ni piensa en irse y dejarnos solas... ¿me entendiste?
Nacha no tiene tiempo de juntar flores amarillas para la tumba de Panchito. Tampoco tiene tiempo de hacer los deberes que le dan en la escuela -la visitadora social dijo que si no la mandaban a la escuela podrían ir presos-.

Ni bien se quita el guardapolvo dudosamente blanco que le dió la cooperadora, la abuela le pone el saquito roto y la manda a las vías, a esperar los trenes que paran... Hasta que anochece, Nacha se queda allí, estirando la mano, poniéndose en puntas de pie para golpear con sus nudillos los vidrios bajos de las ventanillas y avisarle a la gente que ahí está ella. Se aburre, se cansa mucho y le duelen las piernitas flacas.
"Hay que aprovechar ahora, porque pronto van a terminar el puente y los trenes no se detendrán más", dijo su padre. Nacha sueña de noche con trenes veloces que la persiguen, con trenes larguísimos que pasan junto a ella sin detenerse, y se despierta con la frente mojada de sudor. Pero lo peor no es eso. Lo peor es que su madre ya no se pone contenta con lo que lleva, le parece poco, le grita igual que antes, le pega igual que antes y no quiere que se saque de encima ese saquito roto por cuyos agujeros le entra todo el frío del invierno y se le escapa toda la maravilla de la infancia.
Del libro CUENTOS PARA LEER SIN RIMMEL, edición 66ª